Huele a Navidad
Si seguimos celebrando el cumpleaños de Jesús es porque creemos que no está muerto, que sigue vivo entre nosotros, que lo consideramos presente, parte de nuestra vida.
Antonio Pérez Esclarín
Estamos ya próximos a la Navidad. Casas, calles y negocios están adornados con luces, arbolitos, pesebres y demás motivos navideños. La gente apresura sus compras y el tráfico se vuelve más pesado. De las radios saltan gaitas, aguinaldos y villancicos, que llenan el ambiente de una ternura dulce.
Las aceras están abarrotadas de muñecas, bicicletas, figuras del pesebre y todo tipo de juguetes. En cualquier esquina, se amontonan las frutas, verduras y el bijao para hacer las hallacas. El aire decembrino tiene una especial transparencia, la luz se vuelve más nítida y en el corazón de multitudes late el deseo de ser buenos. Pero ¿qué estamos celebrando en Navidad?
En el ciclo litúrgico hay dos fiestas esenciales: Navidad y Pascua. Por eso, son precedidas por un tiempo largo de preparación: Adviento, como preparación a la Navidad, y Cuaresma como preparación a la Pascua. Lo que hacemos en Navidad y Pascua es celebrar. Una celebración es importante si lo es lo que se celebra. Lo aplicamos a nuestras celebraciones: un cumpleaños, un aniversario, un bautizo, una boda… Si ese acontecimiento nos importa, lo celebramos. Y cuanto más importante consideramos el acontecimiento, más intensamente lo celebramos.
Por ello, los preparativos a las celebraciones importantes empiezan muchos días antes. Si la Navidad viene precedida por un largo tiempo de preparación, las cuatro semanas de Adviento, quiere decir que nos importa celebrar la Navidad, porque lo que pasa en Navidad es importante para nosotros. ¿Qué pasa en Navidad? Dos cosas:
Es un “aniversario”. Celebramos el nacimiento de Jesús. Si Jesús es una persona que nos importa, nos importa celebrar su aniversario. Si no nos importa, no tiene sentido alguno celebrar la Navidad. A nadie se le ocurre celebrar el cumpleaños de un desconocido o de una persona que nos es totalmente ajena.
Por tanto, la pregunta se desplaza: ¿Es Jesús importante para mí? Pero éste es un aniversario de algo que sucedió hace más de dos mil años. ¿Tiene eso sentido? Porque los aniversarios de los muertos no se celebran: A nadie se le ocurre celebrar el nacimiento de Julio César, de Alejandro Magno, de Sófocles, Ovidio o Cicerón. Tampoco celebramos los cumpleaños de las personas queridas que ya no están con nosotros. A lo sumo solemos recordarlos y decimos “Hoy era el cumpleaños de…”.
Si seguimos celebrando el cumpleaños de Jesús es porque creemos que no está muerto, que sigue vivo entre nosotros, que lo consideramos presente, parte de nuestra vida. Nos salimos entonces del campo de la historia para entrar en el campo de la fe.
Y aquí, si queremos recuperar el verdadero sentido de la Navidad y celebrarla apropiadamente, es importante que nos hagamos y nos respondamos con sinceridad esta pregunta: ¿quién es Jesús para mí? ¿Es simplemente un gran maestro en el arte de vivir, un “maestro de sabiduría”, que nos dejó unos principios, criterios y valores que, si los siguiéramos, nuestro mundo y nuestras vidas serían mejores? ¿O es presencia de Dios vivo, que sigue a nuestro lado, invitándonos a trabajar con él por construir un mundo de hermanos, un mundo donde los más necesitados y despreciados tengan un lugar privilegiado en nuestros corazones? Si nos situamos en esta segunda posición, la Navidad tiene que ser un tiempo para hacer nuestro el proyecto de Dios, para releer nuestras vidas a la luz de la humildad y pobreza del Pesebre, para abrir nuestro corazón a todos, en especial a los más necesitados y pobres, para reconciliarnos con todos aquellos que hemos alejado de nosotros y les negamos cariño y comprensión.
El Adviento, la preparación de la Navidad, es, en consecuencia, un tiempo para alimentar nuestra esperanza: Por graves que sean nuestros problemas, Dios sigue con nosotros. Jesús fue, precisamente, un creador incansable de esperanza.
Toda su existencia consistió en contagiar a los demás la esperanza que él mismo vivía desde lo más hondo de su ser. Por ello, los que nos consideramos sus seguidores, debemos ser los militantes de la esperanza. Una esperanza activa, que se convierte en compromiso y esfuerzo por cambiar la realidad. ¡Otro mundo es posible, otra Venezuela es posible! A pesar de las dificultades y problemas, Dios, el Libertador, viene, sigue viniendo.
Esperarlo en Adviento y luego recibirlo en Navidad es comprometerse a construir con Él un mundo en el que la paz se asiente sobre la justicia, un mundo en el que nadie, ni individuos, ni pueblos, ni culturas, ni civilizaciones, domine a nadie, robe a nadie, discrimine a nadie, ofenda o maltrate a nadie. Un mundo profundamente democrático que garantice los derechos de todos y celebre la diversidad como riqueza.
Profesor / Filósofopesclarin@gmail.com
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